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Críticas de Teatro

La constancia del viento

¿Qué más puede pasar?


María Clara (Clara Virasoro) llora por lo que lee en una roja e insinuante carta y por su pequeño pajarito muerto, al que toma con sus manos. En su gesto puede verse un llanto perpetuo marcado por el corrimiento del rímel. A María Clara, blanca y pura se le acerca Malva (Cecilia Miserere) la mezquina dueña de la casa. Malva domina el escenario con su ceguera, artilugio que la ayuda a permanecer impune frente a sus caprichos y exigencias. María Clara limpia la casa y Malva da órdenes .  En esa situación, las protagonistas mencionan el estado de salud de la yegua, con la que se accidentó Malva, y la situación de la tía de Malva, a quien cariñosamente María Clara la siente familia, al menos en un comienzo.  En esa casa vive también Juan Martín (Martín Paladino), el esposo de Malva que sufre por amor y por la situación funesta de su mujer.


En este brevísimo relato argumental la acción de la obra sucede velozmente, dándole una dinámica a la obra propia de los melodramas, donde las situaciones se mantienen ocultas para develarse brutalmente. Esta continuidad de sucesos trágicos en abundancia, hacen que junto a los   gags y los gestos propios del melodrama, que los actores manejan a la perfección, nos provoquen un estado de gran comicidad. Y esto aflora, a pesar del carácter serio con que se trabaja el género al mantener los roles de los personajes y el desarrollo de la trama dentro de sus códigos. Así, Malva será la villana, Juan Martín el héroe y María Clara la víctima, pero encarnaran estos roles llevando al extremo ese histrionismo, que el propio género ofrece. 

En este sentido, sin llegar a ser una parodia, toma algunos elementos del melodrama y los lleva al extremo volviendo risueños los gestos, los movimientos de los cuerpos y la propia trama.  Por este motivo, seguramente nos riamos con la escena donde frente a un fuerte conflicto entre Malva y María Clara, se congelan los cuerpos armando imágenes progresivas de ese trance, que ayudado por la iluminación logra armar una pequeña fotonovela, tales como las que publicaba Radiolandia en los años cincuenta (un nuevo homenaje al melodrama que visto desde nuestros días resulta apreciablemente cómico)

Brillantemente la puesta en escena potencia todos estos elementos, trabajando con unos pocos objetos que determinan esa habitación gris, que encierra y asfixia a los personajes, una habitación que con pequeños cambios marcará un nuevo día y el fatídico paso del tiempo para todos. Un espacio que será climatizado por un rojo sangre en la pared del fondo que se propaga en las plumas de un nuevo pajarito y en la carta enviada a María Clara. Y del mismo modo funciona el vestuario, marcando lo oscuro en Malva por su vestimenta negra y la utilización de su bastón blanco como bastón de mando.

En este contexto y con estos códigos la puesta remata con los distintos boleros ubicados en lugares estratégicos de la trama, que no hacen más ni menos que acompañar el desarrollo de la misma. Ya que ellos serán los que describan la situación dramática que atraviesan, sobre todo María Clara y Juan Martín.

En definitiva “La constancia del viento” es una propuesta que apuesta a disparar nuestra mente hacia otras asociaciones que nos hacen recordar todos esos lugares comunes que transita la víctima, la villana y el héroe en este género melodramático que tanto se narra y tanto se sigue disfrutando, quizás ya desde la comicidad que provoca hoy en día el exceso de sucesos trágicos.

La constancia del viento
Dramaturgia y dirección: Pablo Iglesias
Puesta en escena: Grupo Libertad 18
Intérpretes: Clara Virasoro, Clara Miserere, Martín Palladino.
(Actrices asistentes: Gabriela Perisson y Lina Otamendi.)
Buenavía Estudio, Córdoba 4773, 4771-8901.